sábado, 11 de marzo de 2017

Noches de Poder. Capítulo 25, domingo 03:00h

Tomás golpeó la puerta de la habitación de Almudena Palacios. Ella misma abrió. Estaba sola. La niebla que envolvía la estancia y el olor a tabaco eran insoportables. A Tomás se le ocurrió que, más que a cigarrillos, allí a lo que olía era a derrota. Un aroma que a él se le acercaba cada poco tiempo, pero que todavía no había logrado impregnar su ropa. Almudena sonreía.

- ¿Vienes como un cordero a buscar las migajas? Son tuyas. Ya sabes que no apoyaría a Armenta ni loca, y menos ahora que va de la mano de Losada
- ¿De la mano de Losada? ¿Qué dices?
 
Tomás llevaba todo el congreso fuera de onda. La verdad es que sin Martín a su lado, se enteraba el último de todo lo importante. Si lograban ganar sería un milagro, porque su información siempre llegaba tarde y mal, y ya no había tiempo para cambios en el equipo.

- Pero Tomás ¿No habíamos hablado ya de esto? Estáis a por uvas, en serio. ¿No sabes nada?

- No, pero seguro que me lo vas a contar...

- Hace cinco minutos he recibido una llamada del primer secretario de Baleares. Armenta le ha citado en su habitación y, adivina, ya tiene un nuevo candidato. Uno de consenso, según él: Javier Losada. Allí estaban todos para decirle que se sumase a la mayoría, que yo estaba acabada y tú durarías como mucho un par de horas antes de integrarte y dejar de pelear. Javier Losada era el tapado.

Tomás no ganaba para disgustos. Esperaba el nuevo nombre que Armenta pondría sobre la mesa, pero no que llegase a convencer a alguien de tanto peso. Castilla la Mancha se marcharía automáticamente con Armenta (de ahí la cara de funeral de Almudena), porque Losada era de allí y además le adoraban como a una deidad viviente. Había ganado los delegados de Almudena, probablemente perdido Baleares, y le habían puesto enfrente a un enemigo muy duro. Incluso si Ibarra lograba poner de su parte a los catalanes, no les llegaban los votos para ganar. El Congreso estaba perdido si no pensaba algo rápido para igualar la contienda. Sabía que a Armenta no le importaba ganar por un solo voto de diferencia, con tal de salir del hotel con la victoria. Pero Losada no querría entrar por esa puerta falsa al gran triunfo de su carrera política. Al menos intentaría sumar una mayoría que pasase de 60% para que los titulares no reflejasen que había vencido por la mínima.

- No llegamos Tomás. Nos faltan muchos votos. - Le dijo Almudena, sacándolo de sus pensamientos.

- Lo sé. Tenemos que hacer algo rápido para al menos acercarnos en el resultado y que esto no se termine ya.

- Bueno... ¿Recuerdas ese rumor que corría por el hotel el viernes?

- ¿El de los críticos con Armenta? ¿Los de su propia delegación?

- Eso es. No estaría mal meter el dedo en el ojo a nuestro querido Armenta, y en su propia casa. Puede que no sean muchos, pero si logras convencerlos será un estímulo para otros que puedan estar pensando lo mismo, y no se lo hayan contado a nadie. De todas formas, Armenta acusará el golpe porque lo pregonaremos por todo el hotel.

Tomás y Almudena se despidieron, quedando en verse más tarde. La extremeña se trasladaría a la habitación en la que se encontraban, Granda, Salán y otros que apoyaban la opción de Tomás, para unirse al trabajo. Tomás salió al pasillo, y camino del ascensor sacó su teléfono móvil. “Localiza a los críticos andaluces. Tenemos que verlos de inmediato”, le dijo a Granda, y colgó. Después envió un sms.

Granda no tenía ni la más remota idea de cómo localizar a los presuntos díscolos de la federación andaluza. Para ser exactos, no terminaba de creer en su existencia. Suponía que estarían agazapados esperando su oportunidad, y que no tardarían en mover ficha si nadie se ponía en contacto con ellos. Pero el tiempo de las esperas y los juegos había terminado. Precisamente, si había algo que no tenían era tiempo, y votos suficientes. Después de darle algunas vueltas, y hacer algunas llamadas que no dieron resultado, se le ocurrió una idea algo descabellada. Era lo mejor que tenía, así que no dudó en ponerla en práctica. El grupo andaluz se había convertido en un fantasma del que nadie sabía nada, ni siquiera un nombre o provincia por la que empezar a buscar. Eran las tres de la mañana. Si los más notables de esa facción estaban reunidos en una habitación, seguro que no estaban haciéndolo sin tomarse algo, para animar la espera. Había un asturiano que trabajaba en sede madrileña del partido, y estaba metido en la organización del congreso. Le citó en la recepción del hotel dentro de cinco minutos, mientras buscaba la lista completa de delegados del congreso, distribuidos por provincias. Con los papeles en la mano, bajó corriendo al encuentro de su paisano. Diego, natural de Mieres, era un chaval joven al que la política le interesaba lo justo. Se tomaba esto como un trabajo, y Granda opinaba que hacía bien. Al fin y al cabo, pensaba, no hacía menos que otros que sentaban sus posaderas en un escaño del Congreso. Se vieron frente al mostrador de recepción, y Granda fue directo al grano.

- Diego, necesito que me hagas un favor. Tienes que hablar con el encargado de recepción, para que nos dé una información que necesito.

- Si puedo ayudarte en algo ya sabes que lo haré ¿Qué te hace falta?

- Necesito saber los números de habitación en los que se está haciendo uso del servicio de habitaciones esta noche. En especial aquellas que hayan pedido alguna ronda de cubalibres, o Coca-Colas sin más.

- Joder, Granda, no pides casi nada. Vas a meterme en un lío. - Se quejó sorprendido el joven.

- Mira Diego, la cosa no está para jodiendas. Quiero esos números de habitación y que además me digas a quién se las asignó la organización del congreso.

- ¿A quién buscas?

- A unos andaluces, pero no tengo ni idea de quienes son.

- Déjame un momento. Voy a ver si le toca el turno a una de las recepcionistas que conozco.

- Una… ¿Amiga? - Le espetó Granda en la cara, para rebajar la tensión.

- Solo amiga, pero estamos en ello. - Sonrió Diego.


Después de media hora, Diego volvió con uno de esos pequeños papeles amarillos que llevan una tira adhesiva por la parte de atrás. Llevaba anotados algunos números. El chico se había salido con la suya, aunque por el tiempo que había tardado tendría que haberle hecho algunas concesiones a la recepcionista, que miraba con cara de pocos amigos desde el otro lado del mostrador como Diego le entregaba el papelito a Granda.

- Cojonudo chaval, ahora solo necesito que me des la lista de los delegados con sus correspondientes habitaciones. Supongo que para eso no tendrás que prometerte en matrimonio con nadie más. ¿No? 

- No me jodas Granda, que seré joven pero no gilipollas. Espero que ganéis este congreso, porque si no a mí me van a colgar de las pelotas el lunes. Ahora vuelvo con la lista. Y, por cierto, no le he prometido matrimonio. Solo le he dicho que buscamos a un delegado que está dejando la bebida y tememos que haya recaído. No se ha creído nada, pero tendré que tomar café con ella la semana que viene. Así que ya puedo despedirme de que haga una visita a mi habitación esta noche. 

- Venga, venga, que los jóvenes de ahora vais muy rápido. Cortéjala como dios manda, y vete a por la puta lista que no tengo toda la noche. Diego, y gracias por esto. - Le guiñó un ojo.


Con la lista de habitaciones en su poder, Granda subió corriendo a la suya para estudiarla junto a Salán. Al entrar se sorprendió al ver a Almudena Palacios.

- ¿A qué debemos el honor, señorita Palacios?

- Deja de joder, Granda, que no está el horno para bollos. - Le replicó Almudena, que ya tenía encendido otro cigarrillo.

- Ese tabaco tuyo huele a muerto.

- Esta habitación ya olía a difuntos antes que entrase yo, así que debo haber venido al sitio adecuado.

- ¡Ja ja! Vale Almudena, eso ha tenido gracia. Vamos a ponernos a la faena. - Concluyó Granda.


Granda, Almudena y Salán pusieron en común la estrategia para encontrar a los andaluces. Con Ibarra convenciendo a los catalanes y a su propia delegación vasca, si lograban entrar por detrás en Andalucía pondrían el congreso en un punto muerto. Pero todo lo que sabían de ellos eran los rumores del primer día, y ahora había que comprobar que se trataba de algo serio, y no eran cuatro gatos. Lo primero de todo era localizar en qué habitación se escondían y esperaban para hacer su aparición. Estaba claro que respecto a Armenta había dos opciones: O no se había enterado de esto, o no le daba ninguna importancia. Cualquiera de las dos les valía. Solo tendrían una oportunidad tras contactar con ellos. Deberían ponerlos de su lado sin dar oportunidad a que negociasen un acuerdo mejor con los contrarios. Granda tenía cinco números apuntados en el papelito amarillo. 702, 740, 616, 820 y 525. La habitación 702 llevaba pidiendo comida al servicio de habitaciones todo el fin de semana. El menú se componía de cosas para picar, nada del otro mundo, y no había alcohol en los numerosos pedidos. Eso sí, estaba ocupada por dos andaluces, sevillanos, que no pintaban mucho en el panorama interno. Dos delegados del montón.

 - Ahí está metido Armenta y su corte. Seguro. - Sentenció Salán. 

- ¿Por qué lo dices? - Preguntó Almudena – Su habitación no es esa, según lo que dicen los papeles. 

- Porque habrán elegido una en la que nadie les moleste. Estos ya han vuelto cuando nosotros hemos ido. - Utilizó la expresión para explicarle a Almudena que este tipo de jugadas como la del listado de habitaciones ya la habría tenido en cuenta la gente de Armenta. 

- Vale, te lo compro. Sigamos.


La habitación 616 correspondía al expresidente Outeda. Todos supusieron que no le apetecía demasiado deambular por ahí, y habría preferido comer con alguien en sus aposentos y tener alguna conversación mientras tomaban algo. La 820, estaba ocupada por un delegado y una delegada de Cantabria. Entre lo que habían subido los camareros había una botella de cava barato. Bueno, ahí estaba claro lo que ocurría. Solo quedaban la 740 y la 525. Las dos les habían tocado a delegados andaluces, y en ambas no habían comenzado a pedir bebidas hasta esta noche. Habría que comprobar las dos para salir de dudas. Granda y Almudena se quedaron mirando a Salán, y este asintió sin decir palabra. Le había tocado. Era lógico. Tampoco era plan de que dos primeros secretarios se dedicasen a llamar a las puertas como si fuesen la Gestapo. Así que se armó de paciencia, y salió al pasillo. Empezaría por la 525, que estaba solo una planta por debajo de la que ellos ocupaban. Salán era un tipo leal, que veía con muy malos ojos la jugada que había derivado en un congreso catastrófico hasta el momento. No solo porque el principal damnificado fuese un amigo de su misma federación, la de Castilla y León. También era por principios. Le había emocionado el discurso de Tomás en la cena. Sabía que era lo que tenían que hacer. Usar los métodos de siempre para cambiar las cosas, o perder, pero algo en lo más profundo de su ser le decía que eso era muy sencillo de decir, pero complicado de llevar a cabo. Una vez en el poder, si es que lograban hacerse con él, no lo cederían a las primeras de cambio. No se apartarían sin dar batalla si otros intentaban el asalto con los mismo métodos que iban a repudiar, según el discurso de Tomás. ¿Qué harían? ¿Se quedarían sentados hablando de la nueva forma de hacer política mientras les crucificaban? Ni de coña. Y esos pensamientos no dejaban tranquilo a Salán mientras bajaba las escaleras en busca de la habitación 525. Por el camino no se cruzó con nadie. Daba por hecho que habría mucha gente dando vueltas por el hall del hotel, a la caza de delegados indecisos o simplemente vigilando cualquier movimiento raro. Pero el gran juego se estaba dirimiendo en las habitaciones, y tenían que encontrar cuanto antes una baza buena. Llamó a la puerta con tres golpes secos. Tenía claro lo que iba a decirles a los andaluces disidentes. Aquí y ahora era el momento de decidir y subirse al barco ganador. Solo con Tomás al frente del partido ellos tendrían alguna oportunidad de sobrevivir en Andalucía a su pequeña asonada hotelera. Ya habían dado el paso, y Armenta lo sabría, sí o sí. Así que se acabaron las chorradas. Subid a hablar con Tomás y decidnos qué queréis a cambio de vuestros votos. Nadie contestaba. Volvió a dar un par de golpes, algo más suaves, y acto seguido una voz masculina desde el interior de la habitación preguntó por la identidad del que llamaba a sus aposentos.

- Soy Juan Salán, de Castilla y León. Tomás Romero quiere hablar con vosotros. - Pensó que si nombraba a Tomás de primeras la cosa adquiriría un tono más serio y contundente.

Se hizo otro silencio eterno. Salán comenzaba a dudar de las intenciones de la facción andaluza. ¿Y si eran solo un señuelo para mantenerlos entretenidos? ¿Una forma de hacerles creer que tenían unos votos que luego desaparecerían? ¿Y si eran cuatro gatos? El caso es que no entendía nada, y menos por qué nadie abría la condenada puerta y hablaban cara a cara.

- Abrid la puerta, joder. Hay que hablar con urgencia. Dejaos de coñas.

Y la puerta se abrió. Al otro lado asomaba un joven de unos veinte años, más o menos, y tras él otros cinco o seis sentados por las camas con vasos de plástico en la mano. Pudo ver en el suelo algunas botellas de plástico de Coca-Cola de dos litros, y otra de una conocida marca de ron. No se lo podía creer. Tantos silencios le habían puesto el corazón en un puño, imaginando que sus interlocutores ya se habrían decidido a volver a las filas de Armenta y no hacer ni caso a lo que iban a proponerles. El chaval, con la cara descompuesta, se dirigió a Salán.

- ¿Queréis hablar con nosotros? ¿Tomás Romero? Yo... - Dudada, y estaba algo borracho – Tendría que llamar a mi primer secretario, y comentarlo con otras delegados de las juventudes.


- Déjalo chaval, no te emociones. Ya os llamaremos más tarde. De momento no digas nada a nadie, o joderás toda la operación y el primer damnificado serás tú y tus opciones para estar en la dirección cuando acabe el congreso. Y lo que habéis pedido al servicio de habitaciones lo pagáis, joder, que no estamos de vacaciones. Comportaos.
Dejó al joven asintiendo con la boca abierta, mientras el resto de sus compañeros de fiesta no daban crédito a lo que acababa de ocurrir. Salán tampoco podía creerlo. Les había cortado el rollo a cuatro niñatos mientras se le salía el corazón por la boca tratando de interpretar los silencios que se producían tras cada una de sus llamadas. Sonreía mientras volvía a las escaleras, camino de la habitación 740. La misma planta en la que se estaba el cuartel general de Armenta. Al llegar a la entrada que daba acceso al pasillo extremó las precauciones. No quería tener un encuentro no deseado con personal del bando contrario. La 702, lugar en el que daban por hecho que se estaba cociendo la estrategia de sus rivales, y la 740, su esperanza para poder dar guerra hasta el amanecer, estaban peligrosamente cerca. Abrió lentamente la puerta, e inspeccionó a izquierda y derecha. Nadie. Frente a él, unos carteles en la pared señalaban la dirección a tomar en el laberinto para llegar al número de habitación deseado. Su destino estaba hacia la derecha. El centro de poder enemigo, quedaba a la izquierda. Bien. Sin dudar más, caminó decidido a encontrar a los andaluces que lo cambiarían todo. Frente a la habitación 740 volvió a respirar hondo. Por segunda vez el ritual. Golpeó con los nudillos la puerta, tres veces, ni muy fuerte ni muy suave. De nuevo la espera, otra vez silencio. Maldijo entre dientes por no haber puesto la oreja primero a ver si lograba escuchar algo antes de delatar su presencia. Mientras lo hacía, se abrió la puerta de la habitación contigua. Una joven morena y con los ojos saltones le preguntó a bocajarro en un marcado acento malagueño:

- Y tú ¿Quién eres?

Juan se identificó.

- Busco a unos amigos de Andalucía. Me han dicho que son buena gente y que podemos llegar a un acuerdo.

Volvía a poner el cebo en la frase de presentación. Soy amigo. Estoy aquí buscando aliados y os quiero de mi lado. Era una buena señal que al llamar a la habitación se abriese otra puerta. Eso quería decir que ahí dentro ocurría algo importante. La joven cerró con un golpe seco, Juan se quedó en medio del pasillo, otra vez asaltado por una tensa espera. Las horas hacían mella, y no solo en el cansancio. El reloj era un enemigo que cada vez se cobraba más terreno. Luchaban contra Armenta y contra el tiempo. Se les acumulaba el trabajo. La puerta se abrió, y Juan supo en ese momento que estaba entrando en el cielo... o en el infierno. Otra habitación más del hotel. Idéntica a la suya, y al resto. Había varias personas en las camas, en pie, y una sentada en la silla del pequeño escritorio. Estaba girada, para que el que la ocupaba pudiese mirar de frente a la puerta. Juan ya sabía a quien dirigirse. Era Carmen del Amor. Recopiló todo lo que sabía de ella en cuestión de segundos. Había sido Consejera en la Junta de Andalucía de algo que no recordaba. Eso quería decir que había trabajado de forma estrecha con Armenta, aunque en Andalucía el que no hiciese eso, o al menos lo aparentase muy bien, estaba muerto. Era de Málaga, y poco más se le vino a la mente, por lo que cerró la puerta tras de si, y habló claro.

- Hola Carmen. Es toda una sorpresa verte aquí. Me ha costado encontrar vuestro pequeño cuartel.

- Juan, esa era la primera prueba para saber si estáis por la labor de darle la vuelta a esto, o solo cazáis gamusinos. - Contestó la malagueña, sonriendo e inclinándose un poco hacia adelante. - Te voy a ahorrar el discurso. En Andalucía hay mucha, mucha gente cansada de los métodos de Armenta y su gente. Te sorprenderías del número. En esta habitación hay una pequeña representación de muchos que ahora mismo están junto a sus delegaciones, trabajando o tomado copas, porque no queremos llamar la atención más de lo que hemos hecho. Solo dejamos correr un rumor, y si alguien quería cambiar las cosas de verdad solo tenía que buscarnos, lo que no sería sencillo. Y aquí estas tú, supongo que representando a Tomás Romero, espero, porque si me dices que vienes en nombre de otro fliparé en colores. La cuestión, Juan, es que que quiero ver a Tomás con urgencia. Podemos ayudarle a ganar este Congreso, y debes tener tan claro eso como que sin nuestros votos lo más seguro es que acabéis todos cantando el "Alabaré" a Losada, que será lo mismo que hacerle la reverencia a Armenta. Queremos ayudaros, y estamos aquí para eso, pero, cuando salgas de aquí y llames a Tomás, dile una cosa: esto no terminará aquí. Si nos mostramos, si al final sale a la luz que hay un gran sector de Andalucía que no comulga con Armenta, deberéis ayudarnos a ganar nuestra federación desde este lunes. Ese es el trato, y no es negociable.

Eran muy buenas noticias, aunque Juan recapitulaba todo lo que acababa de decir Carmen del Amor. Desde luego que si los delegados andaluces críticos con su jefe eran más de los esperados el golpe para Armenta y Losada sería tremendo. Podría filtrarlo a los medios de comunicación a eso de las nueve de la mañana, dos horas antes de la votación, y obligar a Armenta a retirarse, o bien callar y ganar por poco el Congreso. Se ocuparían luego de esas variables. El problema era que Tomás comenzaría su mandato con una guerra abierta en Andalucía, y eso no era nada bueno para un nuevo Primer Secretario.

- Voy a hacer esa llamada Carmen, y vendré aquí con Tomás para que todos podáis escuchar de su boca lo que tiene que deciros. Este no es un Congreso más. Vamos a cambiar las cosas. Dadme media hora.

- Tienes el tiempo que quieras. Los que vais apretados sois vosotros... - Contestó Carmen sin perder la sonrisa.

Juan salió al pasillo con el mismo sigilo de las anteriores ocasiones, y buscó un lugar tranquilo para llamar a Tomás.




viernes, 3 de marzo de 2017

Noches de Poder. Capítulo 24, domingo 02:00h


Un tapado en política es un candidato que aparece a última hora para llevarse el gato al agua. Para que la operación llegue a buen término, deben estar al tanto una mayoría lo suficientemente amplia de los implicados en el congreso, lo que llevará a que el resto se sume sin problema. En todo movimiento en el que está implicado un tapado, siempre hay un damnificado. Aquel que llevaba semanas pensando que sería el nuevo líder, y que incluso ya se había encargado de contarlo a todo el que quisiese escucharlo. Entonces llega el día de la verdad (la noche, para ser exactos), y se reúne al pardillo en una sala con varios de los pesos pesados de la organización. Una media hora antes, alguien le ha llamado y le ha dicho eso de “tenemos que hablar”. En esa sala pueden pasar dos cosas: que el sujeto se revuelva, quiera dar batalla, y termine vencido y en el ostracismo político, o bien que se dé a razones, y todavía le quede futuro por delante en el seno de la nueva mayoría que él ya no dirigirá. La jugada del tapado es un clásico en política, aunque muchos de ellos no hayan aparecido al final como lo que fueron, sino como grandes candidatos de consenso. La retórica en política da para todo.



Armenta, Martín, Manolo Brito (el sicario más fiel a Armenta, que además presidía el congreso) y Fernando de Hoyos, Primer Secretario de Aragón, estaban en la habitación 712, todos en pie, mientras una persona, sentada en una de las camas, reflexionaba sobre la hora que llegaba. Todos los hombres, menos el que observaba sus manos entrecruzadas, se encontraban en la zona de la puerta. La habitación 712 ya había acogido otras reuniones importantes durante el cónclave. Su discreción y el hecho de encontrarse registrada con el nombre de un delegado que nadie conocía y no pintaba nada en la partida que se estaba jugando, les daba la tranquilidad necesaria para ir cerrando temas. El que tenían ahora entre manos era uno de los puntos clave. Armenta había llevado el congreso hasta el límite máximo de tensión. De hecho no había consultado su plan final ni siquiera con Martín, lo que había provocado que este se encontrase incómodo. La jugada de Ibarra solo era un farol. En la terminología del atletismo, una liebre que lanzase la carrera y provocase el pánico entre los corredores, hasta que alguien de peso y con dilatada experiencia llegase para poner orden en la competición, y esta se terminase para dar paso al consenso en torno a una figura incuestionable. Hacía falta alguien de cierta edad, experiencia, con una hoja de servicios al partido impecable, y la ambición intacta a pesar de los años. En la cama, sabiendo que por fin había llegado su hora, estaba Javier Losada.



Cuando Martín llegó a la habitación y vio a Losada lo entendió todo a la velocidad de la luz. Martín sabía que Losada había estado en una reunión con Tomás en el gran salón del plenario hacía horas, pero supuso que su papel era el de un mediador entre las facciones enfrentadas. Pero no. La jugada de Armenta era magistral. Incluso esa reunión les serviría durante las próximas horas, y de cara a la prensa, para presentar a Losada como alguien que intentó el acuerdo y la integración hasta el último momento, pero ante la testarudez de unos y otros decidió implicarse más por el bien del partido. El supuesto clamor por el consenso haría dar el paso al reacio e inmaculado candidato. O eso parecería. Losada podría mover federaciones, e individuos a título particular podrían desmarcarse de lo que dijesen sus jefes de delegación. Porque este hombre tenía una ascendencia importante sobre los afiliados, y había una sensación generalizada de que el partido le debía mucho. Ya se enteraría de cómo habían llegado a este pacto Armenta y Losada, pero lo que tenía claro era que este congreso era uno de los más complicados y difíciles de resolver a los que había asistido. El giro que estaban a punto de plantear volvería a romper los equilibrios que se habían forjado durante la noche anterior. Lo que Martín no sabía, era que en la habitación de Tomás, y casi al mismo tiempo, se estaba forjando otro golpe de mano que pretendía exactamente lo mismo. Era casi la una de la madrugada, y para las dos ya no quedaría ninguna carta que enseñar. Lo que quedase por decidir se haría en la zona de guerra en la que se iba a convertir el hotel. El momento más patético del congreso.




Pero eso a Javier Losada no le importaba. Llevaba en el partido desde los tiempos de la clandestinidad, cuando con otros compañeros de universidad decidieron afiliarse a una organización estudiantil de izquierdas y de ahí pasaron directamente a las ligas mayores. A jugar con los históricos. La transición de esa forma de hacer política, romántica y peligrosa, a los pasillos de un ministerio, la hizo sin demasiados problemas. Losada tenía claro que había nacido para hacer política. Para ser político. Incluso en esos tiempos de juventud, solo temía una cosa: qué haría cuando se acabase su carrera política. Tenía también una sensación amarga. Pese a haber acumulado a lo largo de décadas más poder e información que muchos presidentes del gobierno, Losada había llegado a la conclusión de que merecía más. Ahora quería el reconocimiento, pero no en forma de homenajes. Eso para los que se retiran. A él le quedaba mucha guerra por dar, y para ello buscó a Daniel Armenta hace meses, para planificar un asalto al poder que devolviese la organización a lo que muchos denominaban la vieja guardia, tras la salida del gallego. Y debería ser algo visible. Todo el mundo tendría que entender que en el partido no se jubilaba a nadie antes de tiempo, y que no iban a ceder a las modas que obligaban a poner a alguien joven y bien parecido al frente del barco. “Hay que dar un puñetazo en la mesa antes de que la dirección política y las listas electorales terminen haciéndolas cuatro especialistas en comunicación ayudados por uno que les asegure que este o el otro son muy bien recibidos en Twitter”, le dijo a Armenta el día que comenzaron a hablar de la operación que ahora llevaban a cabo. A Armenta, un clásico de la política, las palabras de Losada le sonaron a gloria. No solo porque compartía el diagnóstico, sino porque tenía claro que toda esa generación de supuestos expertos que habían crecido en su experiencia viendo capítulos de “El Ala Oeste de la Casa Blanca” terminarían por llevar al partido a la irrelevancia. Y esto en política significaba que se acabaría la función. Cerrado. No hay tiempo para más. Tanto Losada como Armenta no veían en Tomás a uno de esos “bichos raros”, pero sí tenían claro que les abriría las puertas de la organización de par en par. Su análisis era que Tomás Romero pretendería realizar cambios profundos, y era la naturaleza de esos cambios lo que no querían ver ni en pintura los conspiradores. Pero tampoco se hacían trampas al solitario. Armenta y Losada habían construido ese discurso porque sabían que gustaría de inmediato en muchos dirigentes con poder y votos, y lograrían sumar adeptos a su causa sin mucho esfuerzo. Pero lo verdaderamente importante es que no pensaban dejar el partido en otras manos que no fuesen las suyas. Y punto. Losada tendría por fin el premio de la candidatura al gran cargo, a la presidencia del gobierno, después de haber trabajado para todos los jefes del ejecutivo que el partido había tenido en democracia. Había llegado su momento político. El de ponerse delante de los focos con todos los demás detrás. Se lo había ganado. Por su parte, Armenta era plenamente consciente de que con Tomás, por muchos pactos, acuerdos y abrazos, no controlaría lo que ocurriese en Madrid. Tras ocho años soportando al gallego, que encima ganaba elecciones y por lo tanto nadie podía siquiera cuestionar el color de su corbata, no estaba dispuesto a colaborar, ni a permitir, que todo cayese en manos de un fulano de Castilla y León. Le parecía una broma. Con la entrada de Losada, acababan de quitarle a Almudena el apoyo que recibía de Castilla la Mancha, y la mitad de Madrid también se había decidido. Eso de momento. La extremeña era ya historia. Otra candidata efímera que trató de abarcar más de lo que podía. El hecho de eliminar a Almudena Palacios no les daba plena satisfacción. Los delegados de Extremadura volverían a apoyar a Tomás, y tendrían que hablar urgentemente con el primer secretario de Baleares, que era el último apoyo que le quedaba a Palacios fuera de su federación. Había que recoger lo máximo posible del cadáver, antes de que otros buitres se sumasen a la rapiña.








 

Ateneos de su tiempo


La historia de los Ateneos españoles es un tesoro. En sus triunfos y en sus fracasos. En esencia, es la historia de España. Debió ser excitante formar parte de aquellos pioneros que defendían la capacidad crítica, la libertad de pensamiento... Épocas turbulentas para el país, que aquellos hombres, y algunas mujeres que no se conformaban con el papel que les otorgaba la sociedad, enfrentaban con las armas de la razón y el saber acumulado en sus mentes y bibliotecas. Eran los Ateneos que necesitaba el siglo XIX, al igual que el XX tuvo los suyos. En la historia de los Ateneos, como en la vida, si no se avanza se va para atrás. Los que llegamos a este movimiento hace bien poco, haciendo gala de ese espíritu crítico que nos impregna en estas instituciones, también tenemos nuestra forma de ver lo que debe ser un Ateneo para el siglo XXI. Y esto que les cuento es solamente una opinión personal. Les pondré un ejemplo: para mí, la biblioteca de un Ateneo tiene que convertirse en un gran repositorio al acceso de todas las personas, ubicado en la red de redes y que no pida un permiso de entrada a nadie. Textos llenos de saber, destinados al libre uso sin que la condición social del que reclama conocimiento sea una barrera. Tenemos tantas herramientas tecnológicas a nuestra disposición para lograrlo, y la inmensa mayoría gratuitas, que no hacerlo sería un pecado. YouTube, por ejemplo; el ebook, sin ir más lejos. Claro, que nos gusta el papel, su tacto, su olor, la imprenta... las bibliotecas públicas, como es el caso de la de Palencia, cumplen una misión tan importante que no merece la pena intentar superar o suplantar ese espacio. La verdadera sede de un Ateneo del siglo XXI está en su red neuronal de espacios conectados en la web global. Internet le ha dado el camino a los ciudadanos para empoderarse, y a entidades grandes y pequeñas una oportunidad para igualarse. Es Internet y todo lo mobile el hábitat natural de los jóvenes. A través de los aparatos se relacionan con bancos, instituciones, compran, venden... Aquellos que quieran llegar a esas generaciones, deberán hacerlo por la vía del smartphone. La arquitectura del nuevo ágora mundial permite construir sin restar recursos al corazón de un Ateneo: sus secciones. Es a través de ellas como se consiguen los fines últimos del Ateneo de Palencia en este caso. Porque el Ateneo como tal no es un fin en si mismo. Es un instrumento al servicio de la sociedad, apoyado por sus socios y gestionado por personas comprometidas para cambiar las cosas. Salir de ese camino, es entrar en un bosque oscuro. Confuso. Los Ateneos de este tiempo deberán renovarse o sufrir los rigores que ya han llegado a empresas y otros sectores. En plena Transformación Digital, hay que asumir con naturalidad las ventajas, sin dejarse atrapar por la nostalgia de épocas que no vivimos, pero sin traicionar las esencias de lo que fue. Grandes pensadores de este país se reunieron en el Café Gijón de la capital, sin que nadie echase de menos un rincón privado con la puerta cerrada. Pareciera que el contacto con el resto de parroquianos, ese mestizaje de pensamientos casuales al calor de un vino o un café, enriqueciese aún más el fruto final. Estoy seguro de que aquellos no verían hoy con malos ojos que su obra se expandiese y conservase más allá de cuatro paredes. El Ateneo está en la calle, en sus actos, en sus hechos, en sus gestiones para que esta tierra prospere. El Ateneo es su gente, sus socios, los que aportan para que podamos seguir... el Ateneo y el proyecto ateneista, es mucho más que un bien inmueble.  



sábado, 11 de febrero de 2017

Noches de Poder. Capítulo 23, domingo 01:00h


Mientras subía en el ascensor camino de la habitación en la que definitivamente diría adiós a su carrera política, Gorka Ibarra repasaba mentalmente los acontecimientos que le habían llevado hasta esa encrucijada. Como el Presidente de Andalucía, Armenta, se presentó en Euskadi y en la mesa de una sidrería prácticamente le empujó al abismo por el que ahora caía. Porque Martín y su traición le hicieron suponer que Tomás estaba acabado, y que se estaba sumando al caballo ganador. En política, si no eres el que manda todo se reduce a eso: saber elegir con sumo cuidado por quien apostar en cada momento. De acertar o no pueden depender muchos años de ostracismo en los aledaños del poder, sin olerlo. Al final, Armenta le había utilizado para distraer la atención de los medios de comunicación durante un día, y suponía que eso le habría venido muy bien al verdadero tapado de los andaluces. Para qué enfrentar desde el principio a tu verdadera opción ganadora contra todo lo que se le viene encima al que osa atacar el orden establecido. Armenta tenía manos libres ahora para poder proyectar a un candidato de los que se llaman “de consenso”, que no estaría manchado por el enfrentamiento que ya les había alcanzado a Tomás y a él. Almudena Palacios quería ser esa tercera vía, porque era una mujer inteligente y se había dado cuenta enseguida de que se abría un espacio que podía aprovechar. Pero seguro que Armenta tenía todo pensado. No sabía cómo terminaría el fregado que habían montado, pero algo tenía claro: el andaluz no ganaría este congreso. Por encima de su cadáver. Una vez que el lío era tan monumental, y todos los medios de comunicación del país ya se estaban haciendo eco de las cuchilladas que se estaban dando en el interior del hotel, de perdidos al río. Hablaría con Tomás, porque es lo que tenía que hacer, y después se marcharía a su caserío de Berango. Pero antes tenía pensado dedicarle un último baile a Armenta.





- ¿Quién es? – Preguntó Salán. Los golpes en la puerta sonaron tan fuerte que Granda dio un respingo.



- Ibarra. Vengo a ver a Tomás.



La puerta se abrió, e Ibarra entró con la suficiente dignidad para no parecer lo que realmente era: un político abrasado que apuraba sus últimas horas en activo. Tomás estaba sentado en la cama más alejada de la entrada, mientras Granda seguía con atención la escena desde la silla del escritorio. Salán se apoyó contra la puerta, y su gesto pareció el de una emboscada en la que se cierra la única vía de escape. Como en esas películas de la mafia. Ibarra se sentó frente a Tomás, cara a cara, cada uno en una de las camas. Sus rodillas casi chocaban entre ellas. Ibarra comenzó a hablar.



- Te agradezco de veras que hayas accedido a verme. Yo en tu lugar no sé que habría hecho. Eskerrik asko, amigo. - Otra vez, la palabra amigo se deslizó como sin querer al final de la frase. Demasiados amigos estaban cayendo. Las conversaciones se parecían demasiado unas a otras. El precio empezaba a ser demasiado alto. O quizá no.



- Probablemente me habrías llamado a tu habitación y una vez dentro me hubieses dado de hostias. – Contestó Tomás con una voz tan calmada y fría que sorprendió a todos los presentes. – Porque, amigo Gorka, lo que has hecho es algo tan mezquino y sucio que te costará volver a encontrar a alguien que confíe en ti, incluso en tu propia casa.



- Eso no va a ser un problema. Después de esta noche dejaré la política.



- Dejaste la política el día que comiste con Armenta en Bilbao y decidisteis que vosotros dos y mi buen amigo Martín os bastabais y sobrabais para dirigir este partido. Ese día es cuando dejaste de ser político para convertirte en un mercenario. Probablemente todos lo seamos, porque al final la culpa de que esto sea la mierda que es no se le puede echar solo a unos pocos. Unos más y otros menos, hemos jugado a esto sin pensar en qué diría la gente de nuestro comportamiento. ¿Has leído la prensa? ¿Los digitales? ¿Lo que dicen en las redes sociales? Somos la vergüenza de este país. Enhorabuena. Si tienes algo más que decir, dilo, y vete.



- Barkatu Tomás. Espero que algún día me perdones, porque siempre te consideré mi amigo. Y lo que he hecho es algo terrible, y mucho más cuando se le hace a una persona a la que quieres.



- No tengo nada que perdonar Gorka. Espero que algún día tú puedas perdonarte a ti mismo.



- Eso es algo que espero poder hacer con el tiempo, pero mientras tanto voy a dedicarme un rato a tratar de arreglar algunas cosas. Dentro de media hora he citado a toda la delegación de Euskadi para anunciarles que el lunes presentaré mi dimisión irrevocable como Primer Secretario de la federación, y que lo último que les pido es que apoyen tu candidatura y voten por ti en bloque mañana por la mañana.



Podía escucharse el cerebro de Granda haciendo las nuevas cuentas. Le quitaban veinte delegados a Armenta, que ellos sumaban. No era gran cosa. Ponía todo más de cara si cabe para Almudena, que veía como el rival que todavía no tenía rostro se ponía casi a la par. En todo caso, ahora mismo, aunque no ganaban ni de lejos, se habían convertido en los jueces de la contienda, y eso en política es un tesoro que, bien administrado, puede dar más beneficios de los esperados. Tomás siguió con la conversación.



- Eso te honra Gorka. Ya hablaremos en el futuro, cuando todo esto haya pasado. No pienso dejar que Armenta gane. Es una cuestión personal. Han pasado demasiadas cosas como para cerrar esto con un acuerdo. Iremos a la votación, pase lo que pase.



- En algo estamos de acuerdo Tomás, y es que yo esta noche solo tengo un propósito: joder al andaluz tan fuerte como no lo ha hecho nadie en su puta vida. Voy a decirte algo más. Si me das tu permiso, me gustaría hablar con los catalanes. Tengo buena relación con Josep Bartra desde hace muchos años. Te lo pido como un último favor. Deja que intente convencerlo de que esta vez deben tomar partido.



La maquinaría de Granda estaba a toda potencia, pero la de Tomás le seguía de cerca. Si lo que decía Gorka era cierto, y lograba que Cataluña se pusiese de su lado, el Congreso estaría en la antesala del gran caos. Las tres opciones sumarían prácticamente el mismo número de delegados. No había que subestimar a Ibarra. Estaba muerto políticamente, y una persona así es muy peligrosa. Todo le da igual porque sabe que el lunes tendrá que dedicarse a su trabajo, si es que lo tenía antes de la política, o buscarse uno. Si el caso era el segundo, Tomás estaría dispuesto a olvidar y echar una mano para que el vasco no pasase apuros. Pero evidentemente todo eso dependía de que las delegaciones de Euskadi y Cataluña se pusiesen de su parte. El mal paso de Ibarra no tenía remedio, pero podía mitigar sus efectos si le daba la oportunidad a Tomás y los suyos de volver a la pelea en condiciones de ganarla. Lo cierto es que, desde que todo saltó por los aires, nadie se atrevía a decirlo en voz alta pero su situación era crítica. Si no lograban avanzar en las próximas dos horas, a eso de las tres de la mañana estarían rindiendo pleitesía a Almudena Palacios y el poder extremeño, como mal menor para que al menos Armenta y Martín no ganasen el congreso, sea quien sea el candidato que pretendan presentar.



- Diles a los catalanes que tengo algo para ellos. Un giro político que les hará ganar las elecciones en Cataluña y mucho más. - Tomás, no amplió más información. Dejó en su cabeza ese cartucho, para curiosidad de todos lo presentes en la habitación.




Continuará... 
 




domingo, 29 de enero de 2017

Noches de Poder. Capítulo 22, sábado 23:30h


Cuándo uno recibe una llamada o un mensaje con la expresión “tenemos que hablar”, solo tiene dos significados posibles. Te van a dar una buena noticia, o puedes ir haciendo la maleta y guardando la ropa que habías reservado para el gran momento. Se producen muchas de estas situaciones a lo largo de las dos largas noches con sus días en las que todo se cuece. No solo se rifa en esta feria el cargo más importante. Al menos otros treinta o cuarenta escogidos pasarán a formar parte de la dirección federal, más otros órganos de control. Es como el sorteo de Navidad de la Lotería Nacional. Está el premio Gordo, los segundos, terceros, la pedrea… El problema, o la ventaja, según a quien se pregunte, es que el Congreso en el que Tomás estaba metido nadie llevaba la iniciativa porque ni él, ni Almudena, ni Armenta, tenía los números de su lado. Ninguno acumulaba los delegados suficientes como para asustar a los que se alineaban en otros bandos.



El reloj avisaba de la llegada de la medianoche. Tomás envío un mensaje sms a Almudena. “Tenemos que hablar”. Ese era todo el texto que llevaba la corta epístola. El candidato, que había pasado a ser en pocas horas el que menos opciones tenía de llevarse la victoria, puso con cuidado el móvil en la cama y esperó respuesta mientras paseaba por la habitación. Granda, sentado en la silla del escritorio, observada la escena con cautela.



- ¿Crees que esta chica se dará a razones? – Preguntó el asturiano. – Me parece que se le ha subido a la cabeza todo esto desde que sacó adelante aquella enmienda del voto secreto. Por cierto, a mí no me gustaba un pijo. Que lo sepas. Prefiero que la gente levante la mano.



- Granda, tú eras el que mandaba hacer la foto para ver luego quién estaba con el brazo en alto y quién no, y obrar en consecuencia.



- Cómo toda la puta vida... – Respondió Granda dibujando una sonrisa malévola.



El taco que soltó su ahora compañero de fatigas le evocó recuerdos de otros tiempos. Y a Martín. Todavía no podía creer que se encontrase en este atolladero sin la compañía de su amigo de tantos años. No encontraba sentido a una traición tan devastadora, en lo personal y en lo político. No la encontró en sus sueños, y no hallaba lógica táctica en el movimiento de Martín. La única respuesta estaba en el terreno de los sentimientos. Algo que no puede ser controlado, o que desde luego no estaba al alcance de su capacidad haber manejado. Ni él había nombrado a Martín en su discurso de la cena, ni nadie había preguntado, pero desde luego todos tenían en mente la deserción del fontanero. Eso había hecho daño a Tomás, y debilitado su posición de fuerza frente a las negociaciones que vendrían. Si no eres capaz de sujetar a tu más fiel colaborador, no pareces la persona adecuada para afrontar una responsabilidad tan grande como la de Primer Secretario. En política es más importante parecer fuerte y decidido que serlo en realidad.



El móvil vibró dos veces, y la pantalla se iluminó.



- Dios salve a la reina. – Dijo Granda con tono regio y burlón. Parecía que empezaba a disfrutar con todo esto.



El mensaje era de Almudena, obviamente, aunque a estas alturas todos los primeros secretarios y cualquiera que pintase algo ya tenía grabado el número de Tomás. La extremeña contestaba también parca en palabras: “Te espero en mi habitación”. No le gustó, porque en estos juegos el mínimo detalle implica comenzar a ganar o perder. La noche anterior, era Almudena la que había acudido a su habitación para negociar. Ese hecho daba a entender que Tomás era el que manejaba la situación y los demás acudían a sus aposentos para discutir los términos del acuerdo, o en su caso la tregua que duraría unas horas. El cambio de lugar para las conversaciones que planteaba Almudena le estaba dejando a las claras que él ya no era la reina del baile, al menos a esa hora. Granda había estado un buen rato volviendo a hacer cuentas, y estaba claro que, pese a los indecisos, que esperaban un buen trato cuando todo estuviese más revuelto, Armenta llevaba una pequeña ventaja sobre Almudena, y ellos estaban bastante retrasados. El problema de los andaluces era que se habían quedado sin candidato.



El teléfono volvió a vibrar. Era Gorka Ibarra. De nuevo un mensaje que no consumía todos los caracteres que permitía este sistema de comunicación: “¿Estás arriba? Tenemos que hablar”. Tomás le enseñó la pantalla del móvil a Granda y a Juan Salán, su hombre de la comunicación, que acababa de entrar en la habitación.



- ¿Qué quiere ahora? – Fue la reacción de Salán tras leer el mensaje. - ¿Viene a que le perdones después de que Armenta le haya usado como a un pelele?



- Todavía no sabemos qué pretende Armenta con esta jugada. – Contestó Granda. – Si tiene un tapado no tardará en salir a la luz. Lo que está claro es que Ibarra ha hecho el ridículo y no estará muy contento con Armenta y Martín.



- Ibarra es un amigo. Quiero escuchar de su boca lo que tenga que decir. Granda, envíale tú un mensaje y dile que suba.



Otra vez los matices. Ibarra le había enviado el mensaje directamente a él, pero Tomás contestaba a través de un tercero. Con eso le estaba diciendo que había un desprecio personal entre ambos, pero no se negaba a la reunión. Si esto se lo hubiese hecho a Ibarra en otro momento, el vasco ya no volvería a comunicarse. Pero Tomás sabía que tragaría, porque a Ibarra se la habían jugado de mala manera y todo lo que le quedaba era, al menos, salvar parte de la relación personal que habían tenido en otros tiempos. No le había gustado nada el tono de Ibarra en la conversación que mantuvieron en el salón del plenario, pero haría un esfuerzo.



- La reina nos está esperando. – Apremió Granda.



- Que espere. Tú manda el mensaje, y hablemos primero con Ibarra.



Salán abrió la ventana y encendió un cigarro. La maldita lluvia volvía a caer con fuerza sobre Madrid. El mismo cielo rojo sobre la ciudad. Seguro que a algún poeta de la antigüedad se le hubiesen ocurrido varios versos sobre esa noche, el cielo, sangre y guerra. Tomás lo único que tenía en la cabeza era sumar apoyos. Había entrado en modo ataque, y no tenían un minuto que perder.



- Y dile que se dé prisa. 



Continuará... 
 

 

sábado, 14 de enero de 2017

Noches de poder. Capítulo 21, sábado 21:30h


Era una mesa corrida enorme, situada en un comedor alejado del que ocupaban el grueso de los delegados. Se había montado gracias a la generosidad de los camareros del hotel que habían colaborado, no precisamente de buena gana, para la ocasión. En ella estaban sentados tres o cuatro miembros de cada una de las delegaciones que todavía apoyaban a Tomás. La idea había sido de Granda, porque el asturiano estaba empeñado en que todos se retratasen antes de comenzar el movimiento en los pasillos, y además quería que los demás viesen que había unidad y buen rollo en la facción. Tomás no quiso presidir, evitando así dar una imagen de cierta prepotencia, y se colocó junto a los primeros secretarios de La Rioja y Canarias. Frente a él estaban Granda, Salán y el primer secretario de Burgos. La conversación, como no podía ser de otra manera, giraba en torno a los últimos acontecimientos vividos en el congreso. Aunque en algunos momentos unos y otros introducían algún tema más liviano para descansar un poco la mente mientras llenaban el estómago, Granda no disimulaba su alegría por la aparición del artículo de Ibarra, que había llevado a éste a renunciar a sus pretensiones de liderar el partido. Acababa de comunicarlo personalmente a un par de periodistas amigos, sin ruedas de prensa ni fotografías que retratasen el momento, evitando al grueso de los medios de comunicación. Tomás suponía que tampoco habría tenido ganas de dar explicaciones sobre sus palabras, aunque hubiesen sido escritas hace décadas. El primer secretario de Burgos comentaba que no sabía si el autor de la filtración estaba sentado a la mesa, ni lo quería saber, pero tampoco caería una lágrima por el vasco. Mejor que se supiese ahora, que no cuando Ibarra representase a todo el partido. Y tenía razón. Además, si no había salido ninguna cosa parecida sobre Tomás Romero era porque no existía.

Cuando los postres hacían su aparición, Tomás decidió que era el momento de dirigirse a los presentes. Las conversaciones se habían multiplicado en los diferentes sectores de la mesa, y era casi imposible hacerse oír. Granda se dio cuenta enseguida de las intenciones de Tomás, y soltó un “callarse un momento, copón”, que terminó de un plumazo con el griterío.

- Gracias Granda. No lo enfadéis, porque es capaz de cerrar el hotel y no dejar salir a nadie hasta que esto se arregle. – Tomás quiso comenzar con algo de humor, aunque la situación era complicada para sus aspiraciones. – Como sabéis, durante las últimas horas todo ha dado un vuelco enorme. Hace tiempo que decidí dar el paso para dirigir el partido porque entendía que tenía los apoyos suficientes y así se me manifestó por parte de muchos de los primeros secretarios de las distintas federaciones territoriales. Nunca hubiese presentado mi candidatura sin esas peticiones expresas que se me hicieron para que asumiese el timón de la nave en tiempos complicados. Anoche, Andalucía y el País Vasco, principalmente, decidieron que tenían otros planes, que no eran los que habíamos pactado en los días previos a este Congreso. Quiero deciros que para mí lo más sencillo sería dejar que los acontecimientos sigan su curso, y que el nuevo primer secretario salga de los apaños de Armenta. Me reportaría un puesto en la nueva dirección y seguir en el Congreso de los Diputados. Pero no creo que el mensaje que trasladamos a la sociedad con esta forma de actuar sea lo más adecuado para recuperar la confianza de los que han abandonado a nuestro partido para votar a otros o directamente quedarse en casa. Quizá estemos ante un momento de cambio. Puede que tengamos que comenzar a hacer las cosas de otro modo, porque la gente nos ve como a unos extraterrestres que se encierran en un hotel para dirimir sus problemas a cuchillo sin más testigos que los habituales desde hace décadas.

No tenía intención de darle tanta profundidad a su discurso. Ni siquiera lo había pensado antes de comenzar a hablar. Tenía en mente hacer el típico alegato de resistencia para aguantar esa noche y tratar de llegar a un acuerdo con Almudena Palacios y los catalanes, que llevase a Armenta y Martín a verse obligados a recular y pactar para no quedarse fuera. Pero mientras hablaba se estaba dando cuenta de que sus palabras no eran huecas. Lo que se producía en su cerebro salía por la boca sin filtros. Y le gustaba lo que oía. Es más, le parecía que el análisis de la realidad que estaba haciendo era el único posible. Si seguían por este camino estaban acabados. Todos. Si no lograba convencer a la mayoría de la organización de que la solución a sus problemas no estaba puertas adentro del vetusto hotel, cuando terminase de sonar la música no habría sillas para su partido centenario. Lo que generaciones habían construido con tanto esfuerzo, podía caer en un par de años. Sonaba a aberración, pero no lo era. Siguió con su charla.

- Siempre hemos entendido este partido como algo nuestro. Un coto cerrado para un número de cargos y afiliados que es muy pequeño en comparación de los millones de votantes que en muchos momentos de la historia de este país nos han dado su confianza. Nos hemos creído que siempre estarían ahí, firmándonos un cheque en blanco para los próximos cuatro años. Pero las cosas están cambiando, y mucho. Es probable que este congreso no vaya a ser el mejor ejemplo de lo que necesitamos para garantizar el futuro de nuestro partido, y por extensión de un camino de progreso para el país. Tendremos que utilizar los viejos métodos para ganar y poder cambiar las cosas. Pero os prometo una cosa: esta vez será la última. No vamos a volver a decidir al amparo de la oscuridad de la noche y la voluntad de cinco o seis personas. Vamos a darle la vuelta a este partido como a un calcetín, pero antes tendremos que olvidarnos de todo lo que os estoy diciendo, y poner en práctica lo que hemos aprendido durante tantos años. No será bonito, ni limpio, pero es lo hay que hacer. Si cuento con vosotros, os prometo que cambiaremos para siempre la forma de funcionar de los partidos políticos en España. Pero primero tenemos que ganar.

Si una mosca hubiese pasado en ese momento por la mesa, el zumbido de sus alas se hubiese escuchado como si fuesen los motores de un Airbus 380. Nadie cruzaba la miraba. La mayoría miraban al plato, jugaban con la servilleta o escrutaban el teléfono móvil. Tomás comenzó a temer que se había pasado de frenada, aunque se sorprendió al darse cuenta de lo poco que le importaba. Se había quedado tan a gusto que le daba igual lo que pensase el resto. Sabía que sus palabras eran la guía para los próximos años, o incluso décadas. No se sentía como un iluminado, porque era una persona de lógica, pero tampoco terminaba de entender muy bien de dónde habían salido todas esas palabras que se habían unido en una perfecta conjunción para construir las bases de la estrategia de futuro para el partido. Para cualquier formación política que no quiera ver huir a sus votantes a otras opciones en las que no solo tengan voz y voto los que enseñen un carné. Los segundos se le estaban haciendo eternos, y eso que no pasaron ni dos hasta que Granda, con su estilo habitual, diese un golpe en la mesa y soltase un “¡Con dos cojones!”, que provocó una reacción de júbilo en el resto de comensales. Sabía que la mayoría no habían entendido una palabra. Otros lo habían entendido y no estaban emocionados con la idea de perder el poder que otorgan estas largas noches de hotel. Y algunos, los menos, habrían cogido al vuelo la esencia de lo que había dicho. A estos últimos se les notaba en la cara. No sonreían por volver a la batalla con fuerzas renovadas. Tenían una expresión de cierta satisfacción. Como si llevasen pensando bastante tiempo en lo que Tomás había dicho, pero jamás hubiesen encontrado la fuerza para decirlo a riesgo de ver sus cabezas rodando por el pasillo, políticamente hablando. Escuchar de boca de uno de los pesos pesados del partido lo que llevaban tiempo reflexionando, sin duda les había abierto un hilo de esperanza. Sí. Era eso lo que decía la expresión de sus caras: no todo está perdido.


Continuará... 
 

Noches de Poder. Capítulo 20, sábado 20:00h


Gorka Ibarra sabía dónde se metía cuando aceptó formar parte de la conspiración contra Tomás. En los juegos de poder la gente pone mucho en las apuestas, y no es precisamente el azar lo que decanta la victoria. La aparición de su artículo, del que guardaba un difuso recuerdo, había terminado con una carrera que apenas había empezado. Faltaba poco para la cena, y había subido por las escaleras hasta la azotea del hotel para fumar algunos cigarros tranquilamente y reflexionar sobre lo que diría ante los periodistas que montaban guardia para hacerle muchas preguntas. La lluvia estaba dando una tregua, y aunque la humedad y el frío hacían que la noche no fuese la más apetecible, no le importaba. Miró al cielo y observó las nubes que recorrían el cielo de Madrid con un color rojo fantasmagórico. Las luces de la ciudad se reflejaban en ellas, y el viento las movía de forma constante hacia el horizonte. Dentro de poco él sería poco menos que esa luz mortecina, eclipsado por los que iban a tomar protagonismo en esa última noche. Se dejó ir en sus pensamientos mientras fumaba el primer pitillo, y con el segundo comenzó a tratar de averiguar quién podría haber sacado ese texto maldito del cajón para liquidarlo políticamente. Comenzó por Tomás. Desde luego estaría deseando ver su cabeza en una pica desde que se enteró que estaba del lado de Armenta para darle una puñalada trapera histórica. Sí. Tomás tenía suficientes motivos para querer arrastrar por el barro su reputación y quitarse un enemigo de la partida, aunque, por otro lado, los apoyos que habían recabado seguirían de su lado ya que Armenta estaría en estos momentos buscando otro candidato para seguir la pelea, ahora que el día se había retirado para dejar paso, una vez más, a la oscuridad. Entonces, mientras pensaba en la ausencia de luz, lo vio todo claro...

Como si fuese el día de la marmota, la habitación 712 albergada la reunión de los mismos dos hombres que horas antes se habían encontrado allí para conjurarse por última vez y no dar un paso atrás en su estrategia. Armenta y Martín volvían a verse las caras, sentados cada uno en una de las camas y con las caras a pocos centímetros una de la otra. La estancia solamente estaba iluminada por las lámparas que había en las mesillas de noche.

- Martín, Ibarra es un paquete. Anoche me di perfecta cuenta de que no tiene lo que hay que tener para dirigir esto y soportar estas próximas horas. Me vendiste bien lo del carácter vasco y todas esas chorradas, pero no ha pasado la prueba del algodón y ahora estamos jodidos.

- Estamos jodidos porque tú te has cargado a Gorka sin consultar con nadie. ¿Se puede saber de dónde sacaste el artículo? - Preguntó Martín con voz de pocos amigos.

- A veces hay algunas leyendas sobre mí que son ciertas...

La intrigante respuesta de Armenta obedecía a esos rumores que recorrían la organización de norte a sur y este a oeste. Uno de ellos, quizá uno de los más repetidos y por ello al que casi nadie daba crédito, era que Daniel Armenta y sus colaboradores disponían de material – conocido en los cenáculos de la capital como dossiers – sobre todo tipo de miserias políticas, personales y económicas de los líderes más relevantes del partido. Llevaban años acumulando la información para poder utilizarla en cónclaves como el que les ocupaba, y algunas historias iban más allá, asegurando que, una vez terminaron con la gente del partido, comenzaron a hacer lo mismo con jueces, fiscales... El pequeño CESID (La CIA española hasta la llegada del CNI) montado en Andalucía era un mito, hasta que Armenta solo esa frase lapidaria.

- No quiero pensarlo, Armenta, prefiero no saber más. Lo que sí me gustaría conocer es tu idea, brillante o no, para sacarnos de la mierda de pozo en el que nos has metido con tu ataque de periodismo de investigación en las cloacas.

Armenta le miró a los ojos.

- ¿Me crees tan gilipollas como para hacer algo así sin tener preparado un plan B? Y, por cierto, Martín, a mí, me llamas Don Manuel.




Continuará... 
 









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Llegó al hotel junto al resto de sus compañeros de la delegación. La mayoría eran viejos conocidos, con los que había mantenido batal...

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